La serie propone la cartografía como un medio artístico desde el cual cuestionar las formas tradicionales de representar el territorio. Abordado desde la deriva, el espacio deja de ser un plano fijo y se transforma en una experiencia vivida, atravesada por el desplazamiento, la memoria y la emoción. En este sentido, los “mapas” que aparecen en la obra no buscan orientar ni localizar con precisión, sino abrir preguntas, generar incertidumbre y activar lecturas personales.
En el plano formal, las obras se organizan mediante bandas modulares de cinta y papel que se cruzan, se interrumpen y se desvían. Estas tramas recuerdan al trazado urbano, al diagrama técnico o al tejido, pero nunca se estabilizan del todo. Las paletas cromáticas restringidas —amarillos, negros, grises o rojos— remiten a sistemas de señalización y códigos industriales, reforzando la tensión entre información, abstracción y experiencia sensible.
El uso de cintas industriales no es solo una elección material sino una toma de posición conceptual. Productos fabricados por grandes corporaciones multinacionales, como 3M, cargan consigo una historia ligada a los sistemas de producción global y a la estandarización del mundo contemporáneo. Al incorporarlas en la construcción de mapas, la obra establece un contraste crítico: los mismos materiales que circulan dentro de las lógicas del capital transnacional son utilizados aquí para representar territorios subjetivos, frágiles y abiertos.
Desde esta operación, la serie introduce una dimensión política clara. La cartografía deja de presentarse como un dispositivo neutral y evidencia cómo los mapas —y con ellos el orden geopolítico mundial— han sido históricamente configurados desde relaciones de poder, dominadas por las potencias económicas y los llamados países del primer mundo. El territorio aparece entonces como una construcción cultural, ideológica y afectiva.
Los vacíos presentes en las composiciones funcionan como zonas de suspensión: espacios que no se dejan fijar, que resisten la localización exacta. Las líneas punteadas, los recorridos quebrados y las conexiones inestables refuerzan la idea de tránsito, deriva y desplazamiento continuo.
El libro Mapas para perderse surge como una extensión de este cuerpo de obra: un espacio de reflexión que se desprende de la práctica plástica y acompaña el desarrollo conceptual de la serie, sin sustituirla ni definirla.
Más que orientar, estos mapas invitan a perderse. Proponen habitar la incertidumbre como una forma de conocimiento y recorrer el territorio desde narrativas abiertas, donde experiencia, afecto y política del espacio se entrelazan.
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